La Colega Tatuada -Margherita Oggero
“Ella detestaba los funerales. No tanto porque la ceremonia se hubiera convertido - por lo menos en la ciudad- en una rutina mecánica que se despachaba a toda prisa, sino porque tenía con la muerte una relación intrincada e irresuelta. Pasados los treinta había sentido desmoronarse la presunción de eternidad y ahora, al acercarse a los cuarenta, comprendía que había que empezar a tener en cuenta, por lejana que fuera, la perspectiva de la muerte, la propia y la de los demás – que en cualquier caso siempre hace pensar en la propia-. No la muerte imprevista –accidente de tráfico, choque aéreo, hundimiento de un puente-, sino la que se acerca lentamente con el paso sigiloso de los gatos, que gana terreno año tras año, mes tras mes, que se anuncia con un dolorcillo molesto pero soportable, con las primeras canas, que después te atiza con la llegada de la menopausia y sus momentos de depresión y desazón, cuando tu cuerpo se convierte en una maquina extraña, con ritmos y debilidades desconocidos. La muerte que empieza a llevarse por delante a personajes conocidos, cuyos libros, discos o películas han acompañado tus años, que va mermando tu grupo de amigos, que arrastra a lacrimógenas casas de reposo a conocidos sólo unos años mayores que tu… Con aquella idea de muerte ella aún no se había decidido a enfrentarse, y evitaba cada ocasión que la inducía o la forzaba a hacerlo.
No obstante, a este funeral no quería faltar.”

